martes, 14 de mayo de 2013

Joel Peter Witkin: Permitido asomarse al interior

Autorretrato
Joel Peter Witkin nace en Brooklyn el 13 de septiembre de 1939. Sus padres se divorcian pronto, entre otras razones, por la incompatibilidad religiosa que se deriva de los orígenes judíos del padre y católicos de la madre.
Su progenitor, aunque de oficio vidriero, siente una profunda atracción por la fotografía y se la trasmite a su hijo desde la más tierna infancia. Witkin recuerda que, a la edad de tres o cuatro años, su padre ya le mostraba las imágenes impresas de los periódicos y revistas. “Mis primeras imágenes del mundo fueron fotografías”, dirá Witkin. “Sabía que me estaba diciendo que él no podía hacerlas. Le miraba y sabía que él sabía que yo podía intentarlo”.
El niño Witkin aprende tempranamente que es posible capturar y reproducir en un papel una parte del mundo que le rodea.
Pero ¿cómo es ese mundo en el que se desenvuelve Joel Peter? Podría responderse que igual que el del resto de muchachos que juegan y crecen por aquél entonces en su barrio, aunque, en el caso de Witkin, con algunas experiencias vitales singulares que, merced a su especial sensibilidad, lo marcarán para toda la vida en el terreno de lo personal y de lo artístico.
Mujer sobre una mesa.
 Por ejemplo, haber compartido el seno materno con una hermana y un hermano. A consecuencia de un aborto espontáneo, la madre pierde a la niña. Ya adulto, cuenta Witkin “Cuando viajo y en museos médicos veo un feto muy, muy hermoso, me pregunto si será mi hermana”.
O cuando, con cuatro o cinco años, sentado en el regazo de su abuela, la ve rezar el rosario. Le coge el crucifijo que tiene entre sus manos y le dice: “cuando sea mayor quiero trabajar en la fábrica de crucifijos y yo me encargaré de ser el que clave a la persona en la cruz”.
Muchos de sus biógrafos consignan que, siendo niño, presenció cómo un coche atropellaba a una niña, decapitándola. Él les corrige concretando que, a la edad de siete años, cuando iba a misa acompañado de su madre y de su hermano mellizo, fueron testigos de un accidente automovilístico en el que se vio involucrada una menor. En sus posteriores pesadillas nocturnas ve rodar a sus pies la cabeza de la muchacha; en realidad, es una simple pelota rodando por la calzada, según le relatará su madre con posterioridad.
Hombre con perro.
 Siendo adolescente, su abuela es victima de un accidente a causa del cual se le gangrena una pierna. Recuerda que “cuando me levantaba, la casa se llenaba con ese olor a café y la pierna de mi abuela, y acabé asociando el dolor con el amor”.
Fetos, cabezas rodando por el suelo, hombres crucificados, extremidades putrefactas…. Ese es el mundo interior que va construyendo Joel Peter Witkin, un mundo en el que la muerte y el amor, “el dolor y el amor”, como él mismo dice, se relacionan íntimamente. Un mundo del que también forman parte las experiencias vividas durante los cuatro años que trabaja, como fotógrafo de agencia, en la guerra del Vietnam.
Los sujetos que observa y retrata Joel Peter Witkin son criaturas deformes, hermafroditas, enanos…y cadáveres. A los primeros los localiza a través de anuncios en prensa o abordándolos en la calle para proponerles una sesión fotográfica. A los cadáveres, visitando los depósitos o sirviéndose de los empleados que se ocupan de recogerlos.
Así cuenta su actividad en México: “Me quedé cuatro días adicionales en la Ciudad de México, cuando estuve haciendo la imagen del Hombre de vidrio porque no lograba encontrar el cuerpo que requería. Cuando llegan los cuerpos traídos de la calle, existe la duda de cómo es que murieron. La gente de la calle puede ser que se la encuentre hasta días después de haber fallecido, lo cual dificulta encontrar la razón de su muerte”.
Las meninas.
 “En sus camionetas blancas, chóferes de la morgue hacen recorridos a diario para recoger cadáveres. Cuando los encuentran, éstos son lanzados sobre la camilla boca abajo. Sus narices se rompen en ocasiones, apilan hasta seis cadáveres uno encima del otro, algunos bastante inflados”.
El proceso creativo de Witkin es laborioso. Se inicia con la elaboración mental de la idea. La desarrolla en su cerebro hasta el último detalle, dibujándola sobre el papel si es necesario. Después, viene la búsqueda de los modelos y la preparación del decorado. Tras realizar las tomas, los negativos son sometidos a múltiples manipulaciones en el laboratorio.
El resultado siempre es respetuoso con el modelo, al que dignifica y ennoblece, protegiendo incluso su identidad, oculta casi siempre tras una máscara. Es tan eficaz el resultado, que, a modo de ejemplo, el observador no puede apreciar por sí mismo que las dos cabezas que, en su obra “el beso”, están dándose un ósculo, es en realidad una única testa partida por la mitad como consecuencia de la autopsia que se le acaba de practicar.
El beso.
Desde sus orígenes, el hombre siempre ha sentido curiosidad por contemplar lo que se aparta de lo habitual, de lo cotidiano.
Unos se acercan a lo diferente de manera brutal y descarnada. Es el caso de aquellos feriantes de barraca del siglo XIX, que, a cambio de unas monedas, traficaban sin compasión con las particularidades físicas de criaturas indefensas: tullidos, mujeres barbudas, gigantes, enanos… Igual que lo hacen en la actualidad algunos programas televisivos, llamados del “corazón”, que, para mejorar los índices de audiencia, desmenuzan las miserias físicas y psicológicas de sus invitados ante millones de espectadores.
Otros, como Velázquez o el Bosco, realizan esa aproximación con profundo respeto. El mismo respeto que Tod Browning siente por sus celebérrimos “freaks”, David Linch por “El hombre elefante” o Witkin por sus modelos.
Las sociedades acomodadas del primer mundo, que promueven, financian e intervienen en conflictos armados que ocasionan cientos de miles de muertos y lisiados cada año, rechazan con hipócrita repugnancia la obra de Joel Peter y la censuran sin rubor, obviando que Witkin, con sus retratos, se limita a mostrarnos a las victimas del hambre, las bombas de racimo, el napalm, el DDT o la talidomida; se limita a colocarnos frente al espejo que nos permite asomarnos al interior de nosotros mismos.
Woman in the blue hat.




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