jueves, 30 de mayo de 2013

Buteo jamaicensis (Aguila de cola roja. Gavilán colirrojo)


Taxonomia
Reino:  Animalia
Filo: Chordata
Subfilo: Gnathostomata
Superclase: Tetrapoda
Clase: Aves
Orden: Accipitriformes
Familia: Accipitridae
Subfamilia: Accipitrinae
Género: Buteo
Especie: B. jamaicensis
Nombre binomial: Buteo jamaicensis
Nombre común: Aguila de cola roja, gavilán colirrojo.

Muy apreciado por los cetreros americanos, este ratonero, fácilmente adaptable a diferentes habitats, coloniza los territorios comprendidos entre Alaska y las Antillas. Los instalados en territorios fríos suelen emigrar hacía el sur en la época de celo.
Nidifica en árboles y en zonas rocosas. Aunque de la construcción del nido se ocupa la pareja, la incubación corre a cuenta de la hembra, que suele poner de uno a cinco huevos.
De tamaño medio, presenta una envergadura de unos ciento veinte a ciento cuarenta centímetros y algo más de un kilo de peso.
Esta especie es abundante y sus ejemplares se distribuyen en catorce subespecies. Se conocen también hibridos nacidos del cruce de lajamaicensis con otras especies del género buteo.
No presenta dimorfismo sexual.

 Taxonomia
Reino: Animalia
Filo: Arthropoda
Subfilo: Hexapoda
Clase: Insecta
Orden: Lepidoptera
Superfamilia: Papilionoidea
Familia: Nymphalidae
Subfamilia: Nymphalinae
Tribu: Kallimini
Género: Kallima
Especie: K. Paralekta
Nombre binomial: Kallima Paralekta

Genéro propio del continente asiático, son diez las especies que se integran en el mismo:

- Kallima albofasciata.
- Kallima alompra.
- Kallima buxtoni.
- Kallima horsfieldi.
- Kallima inachus.
- Kallima limborgii.
- Kallima knyvetti.
- Kallima Paralekta.
- Kallima philarchus.
- Kallima spiridiva.

Todas estas especies han desarrollado una sorprendente capacidad de mimetización con las hojas de los árboles, por lo que, con las alas plegadas, apenas pueden distinguirse de estas.
La especie paralekta, de la que se conocen las subespecies paralekta y tribonia, muestra en el envés de las alas un uniforme color marrón. Sin embargo, cuando el macho las despliega, pueden observarse unas hermosas tonalidades azul metalizado, sobre las que destaca una ancha franja anaranjada. La hembra carece de coloraciones tan vivas.
La especie Kallima paralekta es un endemismo de Java, Sumatra e Indonesia.
Las plantas de las que se alimenta la oruga pertenecen a los géneros strobilanthes y pseuderanthemum, mientras que el imago gusta de la fruta madura.

martes, 21 de mayo de 2013

Platalea ajaja (Espátula rosada)



Taxonomia
Reino: Animalia
Filo: Chordata
Subfilo: Vertebrata
Superclase: Gnathostomata
Clase: Aves
Subclase: Neornithes
Superorden: Neognathae
Orden: Pelecaniformes
Familia: Threskiornithidae
Subfamilia: Plataleinae
Género: Platalea
Especie: P. ajaja
Nombre binomial: Platalea ajaja
Nombre común: Espátula rosada

Dentro del orden de los pelícanos, se integra el género platalea, a cuyos integrantes se les conoce vulgarmente con el nombre de "espátulas". Forman parte de este género las siguientes especies:
- Leucrodia.
- Minor.
- Regia.
- Flavipes.
- Ajaja.
Todas ellas comparten un pico alargado que, en la punta, se aplana y ensancha.
Están provistas de largas patas, que les permiten adentrarse en aguas poco profundas, preferentemente saladas, a la búsqueda de insectos, crustáceos y pequeños peces con los que alimentarse.
De hábitos monógamos, suelen compartir espacio vital con otras grandes aves, como las garzas y los ibis.
La espátula rosada coloniza los territorios del sur de Norteamérica y en centro y el sur del continente.
Es un ave grande, de más de setenta centímetros de altura y plumaje de coloración rosácea que gusta desenvolverse por zonas de manglar, ciénagas, bosques pantanosos, etc.


martes, 14 de mayo de 2013

Joel Peter Witkin: Permitido asomarse al interior

Autorretrato
Joel Peter Witkin nace en Brooklyn el 13 de septiembre de 1939. Sus padres se divorcian pronto, entre otras razones, por la incompatibilidad religiosa que se deriva de los orígenes judíos del padre y católicos de la madre.
Su progenitor, aunque de oficio vidriero, siente una profunda atracción por la fotografía y se la trasmite a su hijo desde la más tierna infancia. Witkin recuerda que, a la edad de tres o cuatro años, su padre ya le mostraba las imágenes impresas de los periódicos y revistas. “Mis primeras imágenes del mundo fueron fotografías”, dirá Witkin. “Sabía que me estaba diciendo que él no podía hacerlas. Le miraba y sabía que él sabía que yo podía intentarlo”.
El niño Witkin aprende tempranamente que es posible capturar y reproducir en un papel una parte del mundo que le rodea.
Pero ¿cómo es ese mundo en el que se desenvuelve Joel Peter? Podría responderse que igual que el del resto de muchachos que juegan y crecen por aquél entonces en su barrio, aunque, en el caso de Witkin, con algunas experiencias vitales singulares que, merced a su especial sensibilidad, lo marcarán para toda la vida en el terreno de lo personal y de lo artístico.
Mujer sobre una mesa.
 Por ejemplo, haber compartido el seno materno con una hermana y un hermano. A consecuencia de un aborto espontáneo, la madre pierde a la niña. Ya adulto, cuenta Witkin “Cuando viajo y en museos médicos veo un feto muy, muy hermoso, me pregunto si será mi hermana”.
O cuando, con cuatro o cinco años, sentado en el regazo de su abuela, la ve rezar el rosario. Le coge el crucifijo que tiene entre sus manos y le dice: “cuando sea mayor quiero trabajar en la fábrica de crucifijos y yo me encargaré de ser el que clave a la persona en la cruz”.
Muchos de sus biógrafos consignan que, siendo niño, presenció cómo un coche atropellaba a una niña, decapitándola. Él les corrige concretando que, a la edad de siete años, cuando iba a misa acompañado de su madre y de su hermano mellizo, fueron testigos de un accidente automovilístico en el que se vio involucrada una menor. En sus posteriores pesadillas nocturnas ve rodar a sus pies la cabeza de la muchacha; en realidad, es una simple pelota rodando por la calzada, según le relatará su madre con posterioridad.
Hombre con perro.
 Siendo adolescente, su abuela es victima de un accidente a causa del cual se le gangrena una pierna. Recuerda que “cuando me levantaba, la casa se llenaba con ese olor a café y la pierna de mi abuela, y acabé asociando el dolor con el amor”.
Fetos, cabezas rodando por el suelo, hombres crucificados, extremidades putrefactas…. Ese es el mundo interior que va construyendo Joel Peter Witkin, un mundo en el que la muerte y el amor, “el dolor y el amor”, como él mismo dice, se relacionan íntimamente. Un mundo del que también forman parte las experiencias vividas durante los cuatro años que trabaja, como fotógrafo de agencia, en la guerra del Vietnam.
Los sujetos que observa y retrata Joel Peter Witkin son criaturas deformes, hermafroditas, enanos…y cadáveres. A los primeros los localiza a través de anuncios en prensa o abordándolos en la calle para proponerles una sesión fotográfica. A los cadáveres, visitando los depósitos o sirviéndose de los empleados que se ocupan de recogerlos.
Así cuenta su actividad en México: “Me quedé cuatro días adicionales en la Ciudad de México, cuando estuve haciendo la imagen del Hombre de vidrio porque no lograba encontrar el cuerpo que requería. Cuando llegan los cuerpos traídos de la calle, existe la duda de cómo es que murieron. La gente de la calle puede ser que se la encuentre hasta días después de haber fallecido, lo cual dificulta encontrar la razón de su muerte”.
Las meninas.
 “En sus camionetas blancas, chóferes de la morgue hacen recorridos a diario para recoger cadáveres. Cuando los encuentran, éstos son lanzados sobre la camilla boca abajo. Sus narices se rompen en ocasiones, apilan hasta seis cadáveres uno encima del otro, algunos bastante inflados”.
El proceso creativo de Witkin es laborioso. Se inicia con la elaboración mental de la idea. La desarrolla en su cerebro hasta el último detalle, dibujándola sobre el papel si es necesario. Después, viene la búsqueda de los modelos y la preparación del decorado. Tras realizar las tomas, los negativos son sometidos a múltiples manipulaciones en el laboratorio.
El resultado siempre es respetuoso con el modelo, al que dignifica y ennoblece, protegiendo incluso su identidad, oculta casi siempre tras una máscara. Es tan eficaz el resultado, que, a modo de ejemplo, el observador no puede apreciar por sí mismo que las dos cabezas que, en su obra “el beso”, están dándose un ósculo, es en realidad una única testa partida por la mitad como consecuencia de la autopsia que se le acaba de practicar.
El beso.
Desde sus orígenes, el hombre siempre ha sentido curiosidad por contemplar lo que se aparta de lo habitual, de lo cotidiano.
Unos se acercan a lo diferente de manera brutal y descarnada. Es el caso de aquellos feriantes de barraca del siglo XIX, que, a cambio de unas monedas, traficaban sin compasión con las particularidades físicas de criaturas indefensas: tullidos, mujeres barbudas, gigantes, enanos… Igual que lo hacen en la actualidad algunos programas televisivos, llamados del “corazón”, que, para mejorar los índices de audiencia, desmenuzan las miserias físicas y psicológicas de sus invitados ante millones de espectadores.
Otros, como Velázquez o el Bosco, realizan esa aproximación con profundo respeto. El mismo respeto que Tod Browning siente por sus celebérrimos “freaks”, David Linch por “El hombre elefante” o Witkin por sus modelos.
Las sociedades acomodadas del primer mundo, que promueven, financian e intervienen en conflictos armados que ocasionan cientos de miles de muertos y lisiados cada año, rechazan con hipócrita repugnancia la obra de Joel Peter y la censuran sin rubor, obviando que Witkin, con sus retratos, se limita a mostrarnos a las victimas del hambre, las bombas de racimo, el napalm, el DDT o la talidomida; se limita a colocarnos frente al espejo que nos permite asomarnos al interior de nosotros mismos.
Woman in the blue hat.




jueves, 9 de mayo de 2013

Santiago Ramón y Cajal, el fotógrafo.



El 18 de julio de 1860, un niño de ocho años recién cumplidos, provisto de unos cristales ahumados que le ha preparado su padre, aguarda impaciente, desde lo alto de una pequeña colina, en compañía de otros curiosos y de Don Justo, su progenitor, que se produzca un fenómeno extraordinario que llevan días anunciando los periódicos: un eclipse solar.
El muchacho, preso de infantiles temores, se pregunta si la luna, victima de algún inexcusable error, terminará desviándose de la trayectoria prevista o si los científicos se habrán equivocado en sus cálculos.
Finalmente, el acontecimiento astronómico se produce y Santiago guardará en su memoria recuerdo indeleble de aquél fenómeno y de muchos otros que su espíritu inquieto y ávido de conocimiento va descubriendo a lo largo de su dilatada existencia.
En el año del eclipse, D. Justo Ramón Casasus toma posesión de su plaza de médico en Ayerbe. Su hijo, Santiago Ramón y Cajal, muestra especial sensibilidad para el dibujo y la pintura y una desmedida afición, propia de la edad, por las travesuras. La combinación de ambas cualidades le llevan a caricaturizar a su maestro que, disgustado, le encierra repetidamente en el llamado “cuarto oscuro”, una pequeña habitación ubicada en el edificio escolar.
Cumpliendo uno de esos castigos, Santiago descubre un fenómeno portentoso. Por una rendija de la desvencijada contraventana de madera se filtra un pequeño rayo de luz que proyecta sobre el techo de su mazmorra las sombras invertidas de las personas que pasean por la transitada plaza exterior.
El chiquillo se afana en ampliar el agujero y las sombras van tornándose borrosas; cuando reduce el diámetro de la abertura con trozos de papel, que pega con saliva en la madera, comprueba que las imágenes ganan en nitidez.
Años después dice que acababa de descubrir “la cámara obscura, mal llamada de Porta, toda vez que su verdadero descubridor fue Leonardo de Vinci”.
Cada vez que es enviado a su prisión piensa “¿qué me importa carecer de libertad?. Se me prohíbe corretear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo asisto a los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en sus diversiones”.
Santiago comete la ingenuidad de informar a sus compañeros de tamaño descubrimiento, consiguiendo que se burlen de él porque, según le manifiestan, es algo natural. Ya en la madurez reflexiona sobre el gran número de hechos interesantes que dejaron de convertirse en descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores que eran cosas naturales y corrientes, indignas de análisis y meditación.
Tres años después, estudiando en Huesca, descubre el fascinante mundo del color, la enorme diversidad de matices cromáticos que existen en la naturaleza: “el verde azul del olivo, el verde amarillo del boj, el verde gris de la encina y del pino y el verde negro del ciprés”.
Esta experiencia visual le lleva a confeccionar un grueso álbum en el que va reproduciendo los colores que es capaz de distinguir, asignándole un número a cada uno de ellos. Junto al color dibuja el objeto en el que predomina esa tonalidad. En definitiva, está desarrollando, sin saberlo, los trabajos que, sobre el color había realizado Michel Eugène Chevreul treinta años atrás.
Con dieciséis años, merced a la intermediación de un amigo, se interna en las bóvedas de la ruinosa Iglesia de Santa Teresa, en Huesca, donde un grupo de fotógrafos han instalado su laboratorio de revelado. “La revelación de la imagen latente, mediante el ácido pirogálico, causóme verdadera estupefacción”, relata años después D. Santiago.
El adolescente se siente conmovido cuando observa la milagrosa transformación que experimenta la amarilla película de bromuro argéntico hasta convertirse en un idílico bosque, del que quedan reflejadas hasta las más minúsculas hojas.
No comprende cómo es posible que aquellos fotógrafos se afanen en la tarea, carentes de toda curiosidad intelectual y científica. Para ellos, lo importante es “retratar mucho y cobrar más”.
Ya casado con Silveria Fañanás, cuando aún no ha cumplido los treinta años de edad, Santiago se embarca en la tarea de fabricar, para uso propio, las costosas placas ultrarrápidas al gelatino bromuro producidas por la casa Monckoven, desconocidas en España por aquél entonces. Consigue mejorar la fórmula y con las placas de producción propia fotografía un festejo taurino. Las imágenes, especialmente la de unas hermosas damas acomodadas en el palco presidencial, causan sensación en la sociedad zaragozana de la época.
Los fotógrafos de la capital aragonesa quieren adquirir su material y, de buenas a primeras, D. Santiago, con la inestimable colaboración de su esposa, se ve obligado a producir material en el granero del domicilio conyugal. Desgraciadamente para la industria fotográfica española, y afortunadamente para la humanidad, la actividad profesional y científica terminaron alejándole de esta experiencia.
No obstante, el mundo de la fotografía le expresará su reconocimiento nombrándole en 1900 Presidente Honorífico de la Real Sociedad Fotográfica de Madrid.

Santiago Ramón y Cajal mantiene intacta durante toda su existencia la pasión por la fotografía, cultivando sus diferentes facetas: fotografía antropológica, científica, el reportaje, el estudio, el bodegón, el paisaje, el desnudo …, llegando a publicar en 1912 un tratado titulado “La fotografía de los colores: bases científicas y reglas prácticas”.
Aprovecha sus repetidos viajes por el mundo para registrar con el objetivo las ciudades que visita y las gentes que las habitan.
Don Santiago divide la fotografía en dos categorías: la documental y la artística o de galería. De la primera dice que no debe admitir retoques aunque el fotógrafo entregue fotografías oscuras o durísimas, fruto de los caprichos de la luz natural. Con mucho más rigor juzga a los fotógrafos de estudio. Dice, refiriéndose a ellos: “Antaño, o no existía el retoque o se limitaba a suavizar cutis ásperos o manchados, atenuando piadosamente las arrugas, de otoñales o de los viejos verdes, sin menoscabo esencial de la anatomía. Pero el fotógrafo de hoy retoca furiosamente; resta muchos años de la edad a los modelos y procede, en fin, como los cirujanos llamados profesores de belleza. A ello obliga la mujer con sus audaces maquillajes, sus pintarrajeos de párpados, cejas y labios, y su manía de enrubiarse el cabello hasta el amarillo pajizo o rubio platinado”, opinión que hoy es compartida por muchos fotógrafos que reniegan de los abusos cometidos con photoshop.
Para Ramón y Cajal “la fotografía constituye ejercicio científico y artístico de primer orden. Por ella vivimos más, porque miramos más y mejor. Gracias a ella el registro fugitivo de nuestros recuerdos conviértese en copioso álbum de imágenes, donde cada hoja representa una página de nuestra existencia íntima y un placer estético redivivo”.
"Privilegio de la fotografía, como del arte, es inmortalizar las fugitivas concreciones vitales de la Naturaleza. Merced a aquélla, parecen resucitar generaciones extinguidas, seres sin historia que no dejaron la menor huella de su existencia. La Vida pasa, pero la imagen queda”.
Y es que para Don Santiago “el cultivo de la cámara obscura… fue en todo tiempo el descanso de mis fatigas, el olvido de pretericiones e injusticias y, en fin, el remedio soberano de dolencias físicas y morales”.

Bibliografía
Recuerdos de mi vida. Tomo I: Mi infancia y juventud. Santiago Ramón y Cajal. 1917.
Recuerdos de mi vida. Tomo II: Historia de mi labor científica. Santiago Ramón y Cajal. 1917.
El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico. Santiago Ramón y Cajal. 1934.

Fotógrafos e historia de la fotografía

Fotógrafos de la revolución mexicana, Los
Joel Peter Witkin
Santiago Ramón y Cajal
Vivian Maier

miércoles, 8 de mayo de 2013

Stevenia deceptoria



Taxonomia
Filo: Arthropoda
Subfilo: Hexapoda
Clase: Insecta
Orden: Diptera
Suborden: Brachycera
Familia: Rhinophoridae
Genero: Stevenia
Especie: Deceptoria
Nombre binomial: Stevenia deceptoria

De las catorce especies de moscas del género Stevenia que están presentes en el continente europeo, dos han colonizado la Península Ibérica:

- Deceptoria.
- Umbratica.

La que aparece en la imagen es una stevenia deceptoria.

martes, 7 de mayo de 2013

Nephrotoma sp.


Taxonomia
Filo: Arthropoda
Subfilo: Hexapoda
Clase: Insecta
Orden: Diptera
Suborden: Nematocera
Infraorden: Tipulomorpha
Superfamilia: Tipuloidea
Familia: Tipulidae
Género: Nephrotoma
Especie: No determinada.

Se conocen más de cuatrocientas especies de dípteros del género nephrotoma, de los cuales más de cincuenta colonizan territorio europeo y, según la web "Iberfauna", del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, veintitrés la Península Ibérica:
- Aculeata
- Analis
- Appendiculata
- Cornicina
- Crocata
- Croceiventris
- Dorsalis
- Flavescens
- Flavipalpis
- Forcipata
- Guestfalica
- Lempkei
- Lunulicornis
- Pratensis
- Quadrifaria
- Quadristriata
- Scalaris
- Scurra
- Semiflava
- Spatha
- Submaculosa
- Sullingtonensis
- Tenuipes

Estas especies de mosquitos pertenecen a la familia de los tipúlidos (típulas), siendo lo más característico de su morfología un cuerpo esbelto, abdomen alargado y patas muy finas y largas. Cuando se posan suelen mantener las alas desplegadas.
Contrariamente a lo que sucede con la mayoría de los dípteros, las típulas no son muy hábiles en vuelo.
En cuanto a los hábitos alimenticios, las larvas suelen alimentarse de las raíces de las plantas, por lo que pueden llegar a constituir auténticas plagas. En la edad adulta algunas especies se alimentan del néctar de las flores y otras no ingieren alimentos en esta fase de su ciclo vital.
Las hembras presentan a la conclusión del abdomen el oviscapto, en algunas especies de longitud considerable, que utilizan para depositar los huevos.