martes, 4 de septiembre de 2012

Belchite viejo


Verano de 1937. En la localidad de Belchite, próxima a la ciudad de Zaragoza, se suceden duros combates que concluyen con un pueblo totalmente devastado. No diré qué bando fue el causante de la tragedia porque, setenta y cinco años después de acontecidos los hechos, esta cuestión, para los que no fueron protagonistas directos o indirectos de los mismos, únicamente debiera interesar desde el punto de vista histórico. Si se insiste en que culpabilice a alguien, no dudaré en señalar con el dedo a nacionalistas y republicanos.
Lo cierto es que, durante tres cuartos de siglo, Belchite ha sido testimonio vivo de la capacidad de destrucción del hombre.
Hoy, los muros de las casas ceden al paso de los años y a la desidia humana y sus ladrillos se esparcen y amontonan sobre las desiertas calles del viejo Belchite; el desaparecido reloj que da nombre a la torre anuncia, con sus inexistentes saetas, que el final está cerca; las torres de las iglesias de San Agustin y San Martín repican, anunciando con sus mudas campanas que el pueblo se muere por segunda vez.






Y entre tanto, fuera de las silenciosas calles de esta villa fantasma, se oyen interesados cantos de sirena entonando reiterados llamamientos a la recuperación de la memoria histórica.
Desgraciadamente, nuestra generación carece de un joven Orfeo que con sus melodías acalle tantas notas cargadas de mentira; para nuestra desdicha, no queda ningún intrépido Ulises que selle con cera nuestros oídos para que no nos distraigan  interesados discursos.
Acogiéndonos a esa memoria histórica tan repetidamente reivindicada en los últimos años por los poderes públicos, debiéramos recordarle al Gobierno de España, al Gobierno de Aragón y a la Corporación de Belchite que aquella únicamente podremos preservarla si somos capaces de conservar el patrimonio que hemos heredado de nuestros mayores y que estamos obligados a traspasar a nuestros hijos.




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