lunes, 17 de septiembre de 2012

Saladas de La Playa, de El Pito y El Pueyo, en los Monegros.


Son las 8,30 horas de la mañana del sábado 19 de febrero de 2011. Me levanto con la intención de trabajar en el ordenador. Abro el correo electrónico y veo que Fernando González Seral, compañero del Círculo Fotográfico de Aragón, asociación a la que pertenezco, ha organizado un visita a las saladas de Bujaraloz, conjunto natural único en el continente europeo.
Nos convoca en la pequeña ermita que hay en esa localidad, en la carretera que conduce a Caspe, junto a una pequeña charca, llamada la Balsa Buena.
Sin pensarlo dos veces, me visto rápidamente y tomo la AP-2, la autopista que une mi ciudad, Zaragoza, con Barcelona. Cinco euros de peaje, 72 kilómetros y una hora de viaje. La carretera enlaza con la Puebla de Alfindén, Alfajarín y Villafranca de Ebro.
De camino, observo a la derecha una enorme factoría que lanza al aire enormes cantidades de gases y humos contaminantes. Se trata de Saica, ubicada en el Burgo de Ebro. Algún día tendré que fotografiarla.
Llego a Belchite. En el lugar convenido me esperan Teresa y Fernando.
Los tres en el coche de Fernando, tomamos la carretera de Caspe y tras recorrer varios kilómetros llegamos a las saladas, entre las que se encuentran la de La Playa que, con sus seis kilómetros cuadrados de extensión, es la más grande del conjunto, y en la que todavía quedan algunos restos de la que en su día fuera una factoría dedicada a la producción de sal, que estuvo en plena actividad hasta el siglo XX.
Otras salinas que visitamos son las de El Pito y El Pueyo.
Las nubes apenas dejan pasar los rayos del sol, lo que favorece la realización de buenas tomas.
Enormes extensiones de tierra, pintadas de blanco por efecto de la sal. Paisaje lunar. Piezas calizas, algunas transformadas en alabastro. Restos de aljibes que acogen en su seno la escasa agua dulce de que disfruta la zona.
Hay que caminar con cuidado, so riesgo de que los pies se hundan en el barro.
Vegetación rastrera, endémica, adaptada al agua salitre, y, por lo que leeré después, única, pudiéndose citar la arthrocnemun macrostachium o la sarcocornia fruticosa.

También son específicas de la zona algunas especies de crustáceos rotíferos, de nemátodos y de insectos. A destacar la presencia del Eucypris aragonica, un crustáceo de un milímetros de longitud y con una concha con dos valvas, que tan sólo está presente en once de las saladas del complejo de Sástago-Bujaraloz.
Esta y otras especies de invertebrados acuáticos dejan en el barro sus huevos, especialmente adaptados para resistir cuando el barro se seca y se convierte en suelo resquebrajado, y que eclosionan cuando las saladas se inundan con ocasión de las lluvias de temporada.
Sin embargo, por mucha agua que haya, nunca eclosionan todos los huevos, de forma que, si la posterior sequía llega antes de que estos endemismos se reproduzcan, siempre quedarán huevos en condiciones de abrise cuando la benéfica agua vuelva a besar la tierra salobre. De esta forma, se evita la pérdida total de la población ante una sequía repentina.
Además, estos organismos tienen mecanismos para soportar diferentes concentraciones de sal.
Cuenta también la zona con un observatorio de aves desde el que pueden observarse especies tales como el alcaraván, la ganga ortega, el sisón, la alondra de Dupont, la terrera marismeña, la avutarda o el cernícalo primilla, entre otras.
Estas saladas formaban parte de la cubeta sin salida al mar que en el terciario, hace unos cinco millones de años, se extendía por la actual Depresión del Ebro formando un gran lago salado. Cuando el Ebro encontró salida al mar Mediterráneo el lago se secó, estando constituidos en la actualidad sus escasos recursos hídricos por las aguas que provienen de los acuíferos subterráneos y escorrentías. No obstante, a causa de la evaporación, las saladas permanecen secas prácticamente todo el año.


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