
Se agota nuestro tiempo de estancia en Vietnam. Mañana tomaremos el avión que nos devolverá a España. Nuestra gran aventura concluye, pero antes visitaremos Cu Chi, un emblemático lugar situado a unos 75 kilómetros al noreste de Saigón, símbolo de la resistencia del pueblo vietnamita y modelo de lucha frente al invasor extranjero.
Estados Unidos desplegó todo su poderío militar en este pequeño país del sudeste asiático. En 1965, bajo la presidencia de Jhonson, un importante contingente de marines desembarca en la costa de Danang. Mediada la guerra, cientos de miles de soldados norteamericanos luchan contra el Vietcong.
Los yankees hacen uso de la artillería pesada y de los helicópteros, hasta el punto de que este último aparato aéreo se convierte en su mayor aliado. Tratan, en definitiva, de desarrollar una guerra convencional. Sus enemigos, por el contrario, la eluden a toda costa. Prefieren la guerra de guerrillas, dando pequeños golpes por sorpresa que desconciertan al enemigo.
Esto enfurece a los americanos. “Charlie” es un adversario invisible. Nunca se sabe donde va a actuar. La selva es su principal aliado.
Para superar esta dificultad, se inicia la guerra química. Millares de hectolitros de herbicidas se arrojan desde los aviones sobre la selva tropical, desforestando innumerables hectáreas de terreno. Todo un desastre ecológico con el que apenas se consiguen resultados.
Se prueba con el napalm, un agente químico compuesto de benceno y poliestireno que fabrica la compañía Dow Chemical. Su capacidad de combustión es terrible y sus efectos devastadores. Esta gasolina gelatinosa se arroja sobre los poblados campesinos en los que se sospecha que se esconde la resistencia. La gente de mi generación recordará la terrible imagen de una niña corriendo desnuda por una carretera, con los brazos extendidos, abrasada por el napalm.
Entre tanto, Charlie desarrolla su actividad bajo tierra. Ha construido multitud de túneles a través de los cuales se desplaza de un lugar a otro. En el interior se cura a los heridos o se educa a los niños.
Sirviéndose de herramientas rudimentarias, fabrican trampas que producen terribles daños a los soldados americanos; físicos y psicológicos.

Uno de los objetivos que ha tomado el Vietcong es la ciudad de Hue. Se hacen fuertes en la mítica Ciudad Prohibida. Los americanos la bombardean sin piedad hasta lograr la rendición del enemigo. El resultado final, una aplastante derrota del Ejercito norvietnamita, que sufre millares de bajas.
Pues bien. En la visita que hacemos a Cu Chi nos muestran esos túneles de acceso casi imposible para una persona de envergadura normal; vemos las terribles trampas construidas a base de cavar fosas en el suelo en las que se colocan afiladas cañas de bambu.

Al lado se ha habilitado un campo de tiro para que los turistas que lo deseen puedan disparar, previo pago, unas docenas de tiros. El ruido de los fusiles es atronador y me produce gran inquietud. No termino de comprender como es posible que se ofrezca ese entretenimiento en un lugar tan terrible. Mi curiosidad se ha visto satisfecha. No quiero ver más.
Por eso, cuando amaina la lluvia, el resto del grupo reanuda la vista pero Marisa y yo decidimos aguardar al resto del grupo tomando un botellín de agua.
Regresamos a Saigón. El monzón se muestra en plenitud. Cae una lluvia torrencial que no altera en absoluto la vida cotidiana de la gente.
Los motoristas continúan desplazándose por la carretera como si nada; simplemente hacen una breve parada para colocarse un impermeable o un simple plástico.


Creo que todos, Marisa, Ana, José María y yo nos llevamos un recuerdo inolvidable de los lugares tan hermosos que hemos visto pero, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, nos llevamos la sensación de haber conocido a una gente dulce, amable y cariñosa que es el mejor patrimonio que tiene el país.
Ya en el avión, de regreso a Madrid, Marisa nos comenta: si alguna vez me pierdo, buscadme en Vietnam.

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