lunes, 26 de octubre de 2009

Vietnam. 20 de agosto de 2009: Partimos hacia Hua Lu, la antigua capital de Vietnam.


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Son las ocho de la mañana, tomamos el microbús para dirigirnos hacia Hua Lu, la antigüa capital del Vietnam.
El calor y la humedad son asfixiantes desde las primeras horas del día. Afortunadamente, las condiciones en que ha organizado el viaje la agencia son inmejorables. Disfrutamos de un microbús de veinte plazas para ocho pasajeros, lo que nos permite dispersarnos en su interior y acomodarnos plácidamente; el aire acondicionado nos aisla de la atmósfera exterior y una nevera con hielo, repleta de botellines de agua y de toallitas húmedas, nos aliviarán cuando regresemos de las sofocantes excursiones a pie.
Yen nos comenta que el agua embotellada resulta un lujo prácticamente inalcanzable para la mayoría de la población, que se ve obligada a hervir el agua destinada al consumo humano, ya que el país carece de un sistema de potabilización.
Aunque las grandes ciudades, especialmente Hanoi y Ho Chi Min, son modernas y activas, dotadas de grandes rascacielos, de gente elegantemente vestida, de restaurantes y cafeterías semejantes a los de cualquier país occidental, todavía hay asignaturas pendientes que las autoridades deben superar, especialmente esa injustificable carencia de una red pública de agua potable; o ese peligrosísimo sistema de conexión a los tendidos eléctricos o telefónicos que practican los vietnamitas y que satura los espacios aéreos de las calles de miles y miles de cables. Nos dirá Yen que cuando una conexión falla se tiende un nuevo cable y se olvidan del anterior, resultando imposible identificar, entre tanto caos, la parte del tendido que está operativa.
También resulta curioso observar a las mujeres en cuclillas, fregando platos y vasos en las aceras con la ayuda de una manguera.
Y es que Vietnam, con sus más de ochenta y seis millones de habitantes, cifra que se incrementa anualmente en un millón, es un país eminentemente rural, ya que más del setenta por ciento de la población es campesina. El conjunto de su población ocupa un territorio de algo más de trescientos mil kilómetros cuadrados, buena parte de los cuales todavía son vírgenes.A más de dos horas de viaje, en dirección sureste, dentro de la provincia de Nin Binh, se encuentran los restos de Hoa Lu, la que fuera mil años atrás capital de Vietnam. En este país resulta más apropiado medir las distancias en tiempo que en kilómetros ya que decir que son menos de cien kilómetros los que separan Hanoi de Hoa Lu podría inducir a confusión a cualquier occidental que, en su mundo, recorre esa distancia en menos de una hora.
En Vietnam hay una carretera, la 1A ó Quoc Io 1A que, con sus más de dos mil trescientos kilómetros, atraviesa el país de norte a sur. Todos, salvo bicicletas y motos, han de pagar para poder transitar por ella. Buena parte de su trazado es autovía, pero hay tramos de doble dirección en los que uno tiene que agarrarse con fuerza al asiento para no tirarse del autobús en marcha ante el pavor que produce ver como se adelantan los vehículos o como rebasan los de gran cilindrada a las motocicletas.Hoa Lu, la antigua capital imperial, acogió en su época de mayor esplendor el palacio real y hermosísimos templos: el Dinh Tien Hoang y Le Dai Hanh Dynastic, que pertenecieron a los reyes Dinh Tien Hoang y Le Hoang.Conforme nos aproximamos a la entrada del primero de esos templos llama mi atención un campesino en cuclillas que, en la orilla de un canal, sujeta con una cuerda la cabeza de un pacífico búfalo, sumergido en el agua. Estos búfalos de agua, de carácter extremadamente pacífico hasta el punto de ocuparse de ellos los niños, realizan las pesadas tareas agrícolas, habiéndose convertido en compañeros insustituibles del campesino.
El hombre tiene la mirada serena y soporta apaciblemente la sesión fotográfica a la que le someto. Cuando voy a marcharme me dirige unas palabras que deduzco reclaman una pequeña compensación económica por el posado. Debe ser acertada mi deducción ya que acepta agradecido el billete que deposito en su mano.
Para acceder al Le Dai Hanh Dynastic hay que ascender los 207 escalones que separan el valle de la cima del monte -creo que es el Yen Ngua- sobre la que se alza esta construcción. Durante la travesía nos encontramos con pagodas budistas, pequeños templetes en los que los visitantes hacen ofrendas de incienso, altares instalados en el interior de grutas naturales o tumbas de antiguos lamas budistas fallecidos en tiempos lejanos. Desde lo alto se divisa un paisaje espectacular.Concluida la visita a los templos nos dirigimos a la localidad de Van Lam. Después de reponer fuerzas en un restaurante local, tomamos una barca de remos en el embarcadero del pueblo para recorrer los canales del río Ngo Dong hasta las “Tres cuevas”, denominación castellanizada del término Tam Coc, con el que las conocen los nativos. Otros denominan al lugar Halong Bay interior, y cuando conozca la verdadera bahía de Halong comprenderé el por qué de esta adjetivación.
 Se trata de tres grutas que oradan y atraviesan unas poderosas moles de piedra que se alzan majestuosas sobre las plácidas y perladas aguas.Son cientos las barcas que se agolpan en la zona de embarque de este paradisiaco lugar, declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad, a la espera de que tomen posesión de ellas los turistas. Son pilotadas por una o dos mujeres, casi todas ellas con el rostro cubierto; todas protegiéndose del implacable sol de la tarde con el típico sombrero cónico del país.
Las remeras son delgadas y de mirada dulce; visten camisa y pantalón. Yen nos explicará más tarde que se trata de campesinas a las que el Estado concede autorización para que desarrollen esa actividad una o dos veces al mes. Son tantas las candidatas, que hay que repartirse el trabajo.
No tienen fijada ninguna tarifa por realizar esa pesada tarea. Sus ingresos provienen del beneficio que puedan obtener de la venta de algunos de los bordados que ofrecen a sus pasajeros mediado el viaje –suponiendo que les compren algo- y de lo que tengan a bien darles, concluido el trayecto.
Transportan a dos personas durante cada travesía, que suele durar un par de horas, aunque el tiempo será mayor o menor en función del ritmo que le impriman a la remada. A mayor esfuerzo, más viajes y más ingresos.
El trabajo es agotador, aunque la sonrisa no les abandona nunca. Cuando son dos las mujeres que comparten embarcación se relevan en la tarea. Reman a ratos con las manos y a ratos con los pies. Si es una única mujer la responsable de la barca, se dedicará a esa fatigosa tarea durante más de diez horas.
 Los ingresos que obtienen de este modo los destinan a pagar el colegio o la ropa de sus hijos, previa deducción de la tasa que por el ejercicio de esa actividad han de satisfacer al Estado.
La travesía resulta una experiencia única, avanzando lentamente por unas serenas aguas bordeadas por campos de arroz y enormes moles de piedra. A nuestro paso divisamos acá una vaca pastando plácidamente y allá una lápida que le recuerda al viajero que allí reposan los restos de un ser humano.Resulta sorprendente para la mentalidad occidental descubrir una o varias lápidas agrupadas en cualquier lugar, ya sea el costado de una carretera, una tierra de cultivo o al pie de una montaña. Hasta tiempos muy recientes, los vietnamitas enterraban a sus finados en el sitio que los había visto nacer, crecer y morir. Hoy, las autoridades han acabado con esa ancestral costumbre y obliga a realizar los enterramientos en cementerios.


Las sufridas pilotos tratan de establecer comunicación con Marisa y conmigo; nos dicen sus nombres y nos preguntan los nuestros; quieren saber si tenemos hijos para mostrarnos a continuación una fotografías de los suyos, probablemente con la intención de conmover nuestros corazones y bolsillos.
Atravesamos la primera gruta, cuyo techo apenas se alza un par de metros sobre nuestras cabezas. En los costados de la cueva, mujeres a bordo de barquichuelos semejantes al nuestro nos ofrecen sus productos: agua, refrescos, bordados, abanicos, gorros…Tras la primera gruta, nuevamente la luz, el sol y un idílico paisaje; seguimos avanzando hasta alcanzar la segunda y luego la tercera. Al final de esta una pequeña laguna. La circundamos. Se aproxima una mujer en su barca; no tiene más de treinta años; luce un vestido floreado sobre el que se ha colocado una camisa rosa, en la cabeza un sombrero confeccionado con la planta del arroz y en el rostro una encantadora sonrisa, tras la que asoman unos dientes irregularmente distribuidos, amontonándose unos sobre otros.
Nos ofrece unos refrescos; los rechazamos amablemente. Insiste, haciéndonos ver que nuestras remeras están cansadas y sedientas.

 Es cierto; disfrutamos tanto de nuestro viaje, gozamos tanto de la contemplación del paisaje, que no reparamos que esos momentos de gozo nos los está proporcionando el esfuerzo de esas sufridas mujeres. Aceptamos gustosos el toque de atención y adquirimos dos refrescos que las mujeres toman con fruición, sin dejar de hacer exclamaciones de agradecimiento.
No hay duda de que lo mejor de la condición humana está presente en el corazón de las personas más sencillas.


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