lunes, 26 de octubre de 2009

Vietnam. Día 23 de agosto: Navegando por el río Perfume


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Definitivamente, Vietnam es el país del agua. Centenares de ríos se desparraman por una superficie equivalente a la mitad de la que tiene la Península Ibérica.
Viendo el caudal de los ríos Perfume, Rojo o Mekong, el Ebro se me antoja un arroyo y llego a intuir su capacidad destructiva cuando, en época de monzón, se desbordan incapaces de contener tanto caudal, arrasando cuanto se cruza en su camino.Hoy navegamos durante un par de horas por el río que surca la ciudad de Hue, considerada la más hermosa del país: el Perfume.Una colorida barcaza nos transporta por sus azuladas aguas, rebosantes de vida. Aquí, un campesino recoge las algas que utilizará como generoso fertilizante para sus tierras; allá, un pescador se aplica a su milenario oficio, lanzando sabiamente las redes; acullá, una anciana, con la cabeza cubierta con sombrero de arroz, el rostro atravesado por centenares de arrugas que le otorgan un aspecto venerable y un cigarro en la boca, impulsa, con la ayuda de una pértiga que apoya en el fondo, su barca.A ambas orillas del río, plataformas de madera sobre las que se alzan frágiles viviendas de idéntico material; ocasionalmente, algunas estructuras más sólidas -hechas de ladrillo y cemento- con escalones que descienden hasta el cauce. Y la colorida colada colgando de los tendedores; y los niños correteando de un lado a otro, ajenos al peligro que entraña la cercanía de tan imponente caudal; y las mujeres, en cuclillas, fregando los platos y depositándolos, ya limpios, en barreños de plástico.
Ya en tierra, visitamos el mercado Dong Ba. Como en todos ellos, vida y color. Las mujeres, de todas las edades, en su posición natural en esta parte del mundo –en cuclillas- ofrecen toda clase de productos: legumbres, especias, pescados todavía vivos coleteando desesperadamente ante la indeseada visita de la muerte, carne, calzado, ratas despellejadas, sombreros, trozos de pitón ya limpios, incienso, frutas y verduras que al amanecer han recogido en su huerto... Otras mujeres, con la ayuda de los palillos, comen un bol de arroz para reponer fuerzas.Los vietnamitas comen perro, costumbre que despierta una curiosidad morbosa en los occidentales, comprensible por otra parte si tenemos en cuenta el diferente papel que desempeñan los cánidos en ambas culturas; en la nuestra, son fundamentalmente animales de compañía, pero también tienen asignadas otras tareas: pastoreo, caza, defensa e incluso se les adiestra para actuar como eficaces y dóciles lazarillos de los invidentes. El perro es considerado el mejor amigo del hombre.
Según nos relatan, en Vietnam las razas pequeñas se utilizan como animales de compañía y las grandes y agresivas para proteger las propiedades. El resto terminará en el puchero.
Ahora bien, no todo el mundo come esta carne, la más cara después de la de pitón. Se cuenta que fueron los chinos los que hace cientos de años introdujeron esta costumbre gastronómica. Ocurrió que en un periodo de hambruna se alimentaron de todo cuanto se movía, incluido el perro. Aún hoy se dice, en tono jocoso, que los naturales del país comen todo lo que se mueve sobre la tierra, excepto los tanques, y todo cuanto surca el cielo, salvo los aviones.
La hambruna se superó pero quedó instalado en el paladar ese sabor a carne fuerte, distinto al de cualquier otra proteína animal, y el cánido se convirtió en un manjar de lujo, reservado en exclusiva a los hombres, que lo consideran un vigorizante sexual.
Sólo se toma durante una quincena del mes -no recuerdo si la primera o la segunda- ya que hacerlo fuera de este periodo trae mala suerte. Se toma cortado en finas lonchas y las mujeres, burlándose de sus maridos, les recomiendan que se sienten en taburetes bajos para que no se hagan daño si se caen a causa del exceso de alcohol que consumen en estas excepcionales ocasiones.
Ocasionalmente, puede verse un can en el exterior de una vivienda, llevando una vida aparentemente apacible; siempre que se presenta esa escena ante mis ojos pienso inevitablemente en el triste destino que le aguarda.
Retomando la visita a Dong Ba, a pesar de los centenares de personas que negocian, regatean o simplemente curiosean las mercancías expuestas en los frágiles tenderetes, el vocerío es absolutamente soportable. La gente en Vietnam habla de manera pausada y suave. Cuando dialoga y cuando comercia; en las cafeterías y en la calle; nadie grita, nadie se enfada.
Un único y persistente sonido es el que está permanentemente instalado en las calles del país: los cláxones de las motos. Pero no lo hacen sonar de manera agresiva como ocurre en España, donde se utiliza como un insulto. Los vietnamitas hacen uso de él para decir: “ten cuidado, estoy aquí y voy a pasar por donde tu vas” y los destinatarios del mensaje así lo reciben. Ya dije en otra ocasión que los pasos de cebra y buena parte de los semáforos aquí apenas desempeñan papel alguno; al haber interiorizado todo el mundo este modelo de conducción, la bocina advierte al viandante de un posible despiste.Con el autobús nos desplazamos nuevamente a la localidad de Huong Long, donde se levanta la Pagoda Thien Mu, uno de los lugares de los que guardo intenso recuerdo. Construida en el año 1601, el acceso resulta impresionante. Al pie de unas escaleras se levantan unas espléndidas columnas pintadas de salmón y azul celeste; arriba, una majestuosa torre octogonal de siete pisos de altura.Accedemos a una amplia explanada; a ambos costados unos templetes sin pared frontal que acogen las coloridas y orondas figuras de unos dioses ricamente ataviados, en posición sedente.
Al fondo, al final de una larga calle embaldosada, la imponente pagoda. Abundantes fieles de origen nipón elevan sus preces a Buda.Llaman mi atención dos muchachos de apenas once años de edad. Son delgados, portan un hábito azul claro y la cabeza totalmente rapada, a excepción de un mechón que nace en el centro y cae por su mejilla derecha hasta besar el cuello.Después veré a un joven de unos veinte años leyendo un libro en lo que bien pudiera ser una sala de estudio; y en otra estancia a unos niños de cinco o seis años pintando. Todos son samaneras, término con el que se conoce a los novicios budistas.
El corazón se me encoge. Respeto, incluso admiro, a aquellos hombres o mujeres que deciden abandonarlo todo por mor a la vida contemplativa, pero me sobrecoge e irrita que los adultos decidan el futuro de unos niños que incluso desconocen el alcance del término “vocación”.
Todos esos muchachos de ojos vivarachos consiguen que el lugar rebose de vida. Su acelerado ir y venir de una a otra dependencia contrasta con el andar pausado y reflexivo de sus venerables mayores.En lo que es el comedor de los monjes, un grupo de adolescentes se afana en preparar las viandas de aquellos. Uno de ellos, lleva en la mano un cochecito de juguete. Descubro entonces que no todos visten hábitos de idéntico color; los hay que son marrón chocolate, pero desconozco la razón de tal diferencia.Las puertas del refectorio están abiertas de par en par y los chavales entran y salen de la estancia con total libertad, pero la escena de un muchacho con la cabeza apoyada en las rejas de una ventana lateral del edificio me lleva a disparar mi Olympus una y otra vez, tratando de reflejar con una imagen la desvalida situación de esos niños que permanecerán el resto de sus vidas prisioneros de una fe a la que llegaron por decisión de otros.Hago, hacemos multitud de fotografías. Elías se desespera y educadamente nos recrimina en varias ocasiones. Cada vez que realizamos una visita deja constancia de que con nuestro grupo se necesita el doble de tiempo que con cualquier otro.
Los monjes visten de naranja y amarillo. Llegan al comedor y toman asiento junto a las mesas que previamente han preparado los niños. Estos permanecen de pie tras ellos. Todos entonan sus oraciones, ajenos a la mirada sorprendida por lo novedosa de los turistas que, como hipnotizados, tratamos de desvelar todos los secretos que se esconden tras el ritual.No quiero continuar mi relato sin dejar constancia de la singular relación que existe entre este templo y las atroces imágines que, desde la infancia, guardo en el recuerdo: las emitidas por los telediarios de entonces con monjes que, autoinmolándose, ardían como teas humanas.
En 1963 era Presidente de Vietnam del Sur Ngo Dinh Diem, perteneciente a la minoría católica. Su política favorable a esta religión y la discriminación a la que sometió al budismo, profesado por más del setenta por ciento de la población, provocó la airada reacción de los monjes budistas o bonzos.
Uno de estos bonzos, Thich Quang Duc, llegó a la ciudad de Saigón el 11 de junio de 1963 montado en un coche de la marca Austin. Tras él desfilaban 350 monjes y una multitud de creyentes. Al llegar al lugar en que se cruzan las calles Phan Dinh Phung y Le Van Duyet, Thich Quang Duc descendió del vehículo.
Un monje colocó una almohada en el suelo; otro, abrió el maletero y extrajo un bidón de gasolina. Nuestro protagonista se sentó en la posición del loto; el que llevaba la gasolina la vertió sobre él. Una cerilla convirtió a Quang Duc en una antorcha. Permaneció inmovil durante casi diez minutos hasta que se desplomó en el suelo, totalmente carbonizado. Era su modo de protestar contra Ngo Dinh Diem y su política.

Este tipo de sacrificio llevaba siglos instalado en el proceder de los monjes budistas vietnamitas y otros, después de la inmolación de Thich Quang Duc, volvieron a repetirlo, dando origen a la conocida frase de “quemarse a lo bonzo”
En cualquier caso, el hecho ocasionó un tremendo impacto internacional. Algunos meses después el Ejército dio un golpe de Estado y depuso al Presidente, que más tarde sería asesinado.
Pues bien, el emblemático Austín que utilizó el lider religioso para desplazarse hasta Saigón se encuentra en la Pagoda de Thien Mu y Elías, incomprensiblemente, guardó silencio sobre este hecho.
Tras un breve descanso para el almuerzo, por la tarde visitamos otro de los espacios que la UNESCO ha declarado patrimonio de la humanidad. En 1804, dos años después de que Hue se convirtiera en la capital del país, privilegio que ostentó hasta 1945, el Emperador Gia Long ordenó que se edificara una ciudadela fortificada, semejante, aunque mucho más humilde en sus dimensiones, a la que existe en China.Durante la guerra contra los norteamericanos, estos la sometieron a multitud de bombardeos, destruyendo prácticamente su recinto mas emblemático: la Ciudad Púrpura Prohibida. Afortunadamente, las autoridades vietnamitas están haciendo un importante esfuerzo de reconstrucción y restauración, por lo que cabe esperar que en un par de décadas aquel imponente lugar haya recuperado todo su esplendor.Encima de la puerta que da acceso a la ciudadela se encuentra una gigantesca imagen de su héroe nacional: Ho Chi Min.El conjunto arquitectónico está constituido por un buen número de edificios, entre los que cabe destacar el reservado para el harén, el palacio de la Armonía Suprema, las salas de los Mandarines, el espectacular teatro, totalmente revestido de rojo, la biblioteca o el estanque con sus aguas cubiertas de nenúfares.Contemplando las majestuosas edificaciones, se comprende que Hue fuera durante siglo y medio el centro cultural y religioso del país.Fernando Sanchez Dragó suele distinguir entre turista y viajero; turista es aquél que decide ir a un determinado lugar en el que verá aquello que otros han programado por él; viajero es el que planta sus reales en un sitio y, a partir de ese instante, no deja de visitar ni de recorrer cuanto su curiosidad le demanda. Yo, que pertenezco a la primera categoría de sujetos, pienso al ver en una explanada a un par de elefantes en cautividad que, después de haber llegado al otro extremo del mundo, me iré de allí sin haberme acercado a las gentes del entorno rural, a sus viviendas y modos de vida; sin haber explorado tan siquiera un palmo de esa selva que aún señorea la mayor parte del país y por la que todavía se desenvuelven los grandes felinos.
Antes de concluir la jornada salimos de la ciudad no más de quince kilómetros para visitar la tumba del Emperador Tu Duc.Siguiente

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